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Por: Carlos Hernández

Internacionalista UJTL

En los últimos meses se han presentado varios casos de inmigrantes africanos que han naufragado en el mar mediterráneo o han sido capturados por la marina italiana en  sus fallidos intentos por alcanzar las costas europeas en cercanías a la isla de Lampedusa. Desde luego esto ha desatado diversas reacciones por parte de la ciudadanía europea que observa como miles de inmigrantes ilegales tratan de alcanzar sus costas en busca de un mejor porvenir, poniendo presión sobre las autoridades que se han visto impotentes frente a la repetición de estos sucesos, que revisten severa gravedad entre la opinión pública y en la sociedad mundial en su conjunto.

Es una realidad que estos flujos de migrantes se han convertido en un problema con tintes dramáticos, una catástrofe humanitaria que ha logrado poner en jaque la política exterior de los países receptores de indocumentados de origen africano que buscan en el viejo continente condiciones mínimas de supervivencia,  como un lugar para vivir y un empleo así sea informal. Ellos, por su parte vienen huyendo de situaciones de miseria y de guerras intestinas en sus respectivos países ya sea en el Magreb islámico o en el África ardiente subsahariana, lo cual muestra el porqué de la determinación y el elevado número de personas que deciden poner sus vidas en manos de inescrupulosos traficantes de personas, en un intento casi fatídico por cruzar  de cualquier forma las aguas del mar Mediterráneo en busca de su único objetivo, alcanzar el sueño europeo.  Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en el año 2014 murieron 3.419 personas murieron intentándolo.

Por supuesto y como ocurre con muchas situaciones actuales de la agenda internacional, se observa que el problema es visto desde dos perspectivas diferentes que no son articuladas y de ahí el fracaso estruendoso en su tratamiento. Es evidente, por ejemplo la decisiones empantanadas en la que se han visto las autoridades italianas y en especial la marina de guerra de ese país,  para poder detener con eficacia estos flujos de inmigrantes. Por un lado encontramos el punto de vista de alguna parte de los ciudadanos europeos, que han hecho evidente su rechazo al alarmante aumento de extranjeros en sus países, ya sea porque ven amenazados sus puestos de trabajo, su seguridad o simplemente por una cuestión de xenofobia, como se aprecia en el ascenso de partidos  políticos ultranacionalistas, que reivindican los derechos de los locales y critican las concesiones y las ayudas que reciben quienes llegan a buscar lo que no existe en su lugar de origen. Esto indudablemente genera tensiones sociales que son difíciles de erradicar. A esto se le suma la corta visión y percepción de autoridades principalmente italianas que piensan que la solución es un plan de interdicción marítima de tipo militar en lugar de atacar las causas estructurales del complejo fenómeno que es por excelencia una manifestación de la globalización rampante en la que vivimos.

Por otro lado,  nos encontramos con una realidad devastadora y que consiste en que los conflictos, tensiones y shocks idiosincrásicos se han multiplicado en toda el África generando una presión de salida de sus países por cualquier medio. Desde Libia hasta Egipto desde Malí hasta la República Centro Africana vemos conflictos de alta intensidad, violaciones flagrantes de derechos humanos y derecho internacional humanitario, pobreza, miseria, pestes y enfermedades con la característica de ser Estados fallidos, lo cual diversifica los desequilibrios y la necesidad apremiante de expulsión de sus propios nacionales hacia el lugar más cercano que les puede ofrecer una nueva oportunidad de comenzar, que desde luego es Europa. Por supuesto las capacidades y motivaciones de la Unión Africana para tratar la diversidad y complejidad de conflictos que los abruman los han dejado pasmados y por eso tampoco, desde lo que podríamos llamar el Sur hay soluciones ni tratamientos para superar esta problemática.

Visto este panorama, se ha producido en las semanas anteriores una cumbre de ministros de exteriores de los países miembros de la Unión Europea y de ministros de defensa en la que se ha determinado realizar una operación militar de tipo gestión de crisis como lo señalo Federica Mogherini representante de la diplomacia europea, con la finalidad de frenar estos continuos intentos masivos de alcanzar las costas italianas desde las costas de África septentrional. Como se puede deducir fácilmente se trata de medidas parciales totalmente erradas en su concepción y ejecución, porque aunque puede tratarse de un problema de seguridad comunitaria, no se están atacando las causas estructurales que generan estas situaciones y que permitan el cese de dichas distorsiones.

Seguimos sosteniendo que con esto no se atacan las causas estructurales de las deficiencias y distorsiones que provocan la migración ilegal altamente riesgosa para su propia vida, sino que lo que debe haber es una coordinación, articulación, sinergia bajo principios de corresponsabilidad y cooperación Norte – Sur en la cual se ataquen las causas primarias que generan la expulsión de población de los países de origen para que de esta manera cesen estas travesías ilegales y letales. Desde luego se trata de un esfuerzo descomunal ya que casi una buena parte de África ha vuelto a padecer de  situaciones de conflicto bastante intensas en donde se repite por doquier la trampa de la pobreza, la hambruna, la explotación de recursos naturales y la violencia; combustible suficiente para alimentar la inmigración ilegal con su falsa premisa en que al otro lado del mar se encuentran la esperanza de un futuro mejor.

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