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Por: Catalina Granados Hernández. Internacionalista y politóloga UMNG.

   La primera percepción que tenemos comúnmente al escuchar sobre el Ártico, nos lleva a pensar con simpleza, que se trata de una zona blanca ubicada en la parte norte de los mapamundis, que no se sabe dónde empieza, donde acaba o a quien pertenece. En realidad, el Ártico es un gran océano circular rodeado por continentes, posee una extensión aproximada de 16.500.000 km²,  donde convergen los límites de algunas las naciones más poderosas del mundo.

El Ártico, considerado a su vez la tierra de nadie, ha retomado protagonismo en las últimas décadas gracias al descubrimiento de grandes yacimientos de recursos naturales. De acuerdo con la Administración de Información de Energía de EE.UU. (EIA), alrededor del 22% de las reservas mundiales de hidrocarburos se hallan en su geografía. Se trata de más de 412.000 millones de barriles de petróleo que entran a convertirse en un codiciado botín para los Estados que reclaman sus intereses en esa zona del planeta.  Esta situación se desarrolla en el marco de un conjunto de disputas territoriales que no han sido resueltas, y a su vez en ausencia de toda legislación particular, la  única norma que rige en el Ártico es la Convención de la ONU del Derecho del Mar de 1982. Esta permite que los países que poseen costa en el océano ártico (Estados Unidos, Canadá, Rusia, Dinamarca y Noruega), puedan reclamar una zona económica por encima de las 200 millas náuticas (370 kilómetros) que corresponden a sus aguas territoriales y pueden elevar esta cifra hasta las 350 millas si su plataforma continental se prolonga más allá de esos límites.

   Es por ello que si analizamos hechos históricos podríamos observar que el Ártico desde la Segunda Guerra Mundial, fue utilizado como la locación predilecta por algunos Estados en especial Rusia para el establecimiento de Bases militares y el desarrollo de operaciones conjuntas. La anterior y otras acciones fueron motivo para la creación de una estrategia, que se materializó en lo que conocemos actualmente como el Consejo del Ártico. Este Consejo es considerado un foro de cooperación intergubernamental para promover un medio de cooperación entre los estados árticos (EE.UU., Canadá, Noruega, Suecia, Rusia, Dinamarca, Finlandia e Islandia), las comunidades indígenas locales y otros organismos interesados en la protección del medio ambiente y el desarrollo sostenible en la zona del Círculo Polar Ártico. Para algunos académicos la creación de foros de esta índole, son la fachada perfecta para que los países interesados en sus recursos, logren presión sobre la ONU con la finalidad de lograr una obtención territorial sobre el Ártico.

   No es novedad entonces, que éstos países hayan emprendido acciones para lograr apropiarse de los recursos inexplorados en la zona. Por ejemplo, Rusia presentó en el 2001 a la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de la ONU su solicitud para establecer los límites exteriores más allá de la norma prescrita para todos de 200 millas náuticas (hasta 350 kilómetros) con la finalidad de ampliar los territorios en los mares de Barents, Bering y Ojotsk, y en la parte central del océano Ártico. Del mismo modo en Septiembre del mismo año, el Ministerio de Recursos Naturales de Rusia, afirmó en declaraciones a la prensa, la preparación de nuevas pruebas que reafirman la ampliación de las fronteras de la plataforma continental ártica. En otro hecho, Estados Unidos a mediados de 2009 promulgó la “Presidential Directive”, una política  que de una manera indirecta tiene el propósito de Extender la plataforma continental Norteamericana en el mar de Beaufort y en el mar de Chuchki. Acción que defiende la  posición de EEUU sobre el Paso del Noroeste y la obtención de nuevas rutas en el Norte. Así mismo en 2013 expidió el documento “La estrategia nacional para la región ártica”.

   Todo lo anterior, disparo de una manera alarmante la actividad científica y militar de varios países en el Polo Norte, con el fin de recabar información climatológica, estudio de los recursos, generar mapas, navegar diversos pasajes marítimos y realizar ejercicios militares. Estas acciones exponen las verdaderas intenciones de los diversos actores internacionales  que al parecer son los más interesados en sacar provecho de las benévolas condiciones climatológicas,  como es el caso de las Corporaciones Internacionales (Gazprom, Rosneft, Shell , Statoil entre otras), que juegan un papel fundamental  para  obtener los permisos regulativos que les permita la exploración y perforación de los yacimientos que se encuentran allí.

   Al respecto, se estima que el 22% de las reservas de hidrocarburos del mundo que faltan por descubrir se encuentran en los fondos marinos del Ártico. En las aguas del Polo Norte que están a más de 700 kilómetros de la tierra más cercana, se cree que yace el 13% del petróleo y el 30% de las reservas de gas inexploradas.

   Sin embargo, científicos y ecologistas temen que la explotación de recursos dañe áreas que se han mantenido libres de la actividad humana. De acuerdo con organizaciones como Greenpeace, el Ártico se encuentra en peligro directo, debido a que gran parte de los frágiles ecosistemas del Polo Norte se encuentran en riesgo al permitirse este tipo de exploraciones, causando  fragmentación del hábitat, extinción de especies,  cambio climático y polución.

   En una zona del planeta que posee tantos recursos sin explotar, no es de extrañar que se haya convertido en el escenario de una batalla geoestratégica de grandes proporciones,  despertando ambiciones territoriales y energéticas que se han suscitado paradójicamente como consecuencia del calentamiento global. Por esto la nueva carrera por el Ártico puede ser el comienzo de otra “guerra fría”.

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