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Sobre el Joint Statement Sino-ruso, o el Totalicón 2022.

Artículo de opinión

Por: Luis Mario Martínez Arellano, Licenciado en Relaciones Internacionales.

Si es que hay algo de cierto en el extenso documento que se publicó hace unos días en el contexto de la reunión entre Xi Jinping y Vladimir Putin para celebrar el inicio de los juegos olímpicos de Beijing, se encuentra precisamente en su título: las relaciones internacionales están entrando en una nueva era, una de profundos cambios sistémicos y revivido combate ideológico. Aún si el mundo sigue siendo liderado por los Estados Unidos en varios sentidos, atrás han quedado los días en que los estadounidenses podían dictar con complacencia los destinos de estados y pueblos enteros. Bien es sabido que el mundo unipolar empezó a resquebrajarse desde hace unos años; no porque los Estados Unidos hayan perdido su lugar a la cabeza de la mesa de los asuntos internacionales, sino porque el poder se ha redistribuido de suerte que otros países ahora tienen voz y voto cuando antes no podían hacer más que ver a la distancia. ¿Qué otra cosa sino dar pataletas podría haber hecho la empobrecida Rusia de Yeltsin cuando el grupo de Visegrado se unió a la OTAN? ¿Y qué decir de los cien años de humillación de China en los que el dragón oriental se mostró impotente al ver sus tierras violadas por las naciones occidentales – incluida la Rusia zarista – y por Japón?

Hoy en día, las cosas son muy diferentes. Aún si Rusia y China luchan cuesta arriba en un sistema internacional que les ve y les trata con desconfianza, su poderío político, militar y económico ha crecido de forma que ahora son capaces de influenciar eventos a lo largo y ancho del globo. Ejemplos de ello sobran, pero los casos destacados más recientes se están dando en la frontera entre Rusia y Ucrania, donde el despliegue de fuerzas ruso ha generado un serio estrés a la región, y en el pequeño país báltico de Lituania, donde la apertura de una oficina de representación taiwanesa bajo un nombre inadmisible para China desencadenó una serie de duras amenazas comerciales. Bien sea dicho, los analistas políticos han llegado al consenso de que es sumamente improbable que el asunto ucraniano llegue a más por las duras implicaciones económicas y políticas que ello tendría para Rusia, y el encontronazo entre China y Lituania pudiera calmarse ante la posibilidad de un largo proceso burocrático en la OMC tras la entrada de la Unión Europea y el Reino Unido en el asunto. Sin embargo, China y Rusia mostraron los músculos; no tuvieron reparos en jugar el papel de matones al verlo necesario, y ello seguirá siendo así en el presente y en el futuro; con las naciones extranjeras o con sus propios gobernados. Es precisamente por ello que resulta curioso, cuando no hilarante, el contenido pacifista, progresista y humanitario del Joint Statement del 4 de febrero, pues la reunión entre Xi Jinping y Vladimir Putin fue poco más que un Totalicon 2022: una convención de aficionados a la represión de las libertades civiles y a las violaciones del derecho internacional y los derechos humanos.

En el texto, las dos naciones orientales dicen dolerse del molesto hábito de ciertas naciones de interferir en los asuntos internos de otros estados; de infringir sus legítimos derechos e intereses, incitar confrontaciones, y en consecuencia, ponerle un alto al progreso de la humanidad. Se dicen prestas a construir el diálogo y el entendimiento, así como a proteger valores humanos universales como la paz, la democracia, y la libertad. Todos sus ideales e intenciones serían muy loables de no ser porque no son más que puro discurso, simple y llano. Ni el gobierno chino ni el ruso están comprometidos con los valores que dicen representar y buscar. ¿Qué tanta libertad tiene un pueblo chino al que se le vigila cada aspecto de su vida y cuyo acceso a la información del mundo exterior está severamente limitado? ¿Qué tanta paz puede construir Rusia al apoyar al atroz régimen de Bashar al-Assad o al corrupto gobierno de Nicolás Maduro?

Dicen asegurar que la democracia es el modelo por el cual un ciudadano puede participar en su gobierno para luchar por el bien común, pero que no hay un manual todo terreno que sirva de guía para implementar la democracia, y que cada país es libre de escoger el camino que le convenga según sus condiciones. Afirman además que el que ciertos estados pretendan imponer sus estándares democráticos “va en contra del espíritu mismo de la democracia”. Si bien es verdad que sería contradictorio y pedante el que un Estado reclame que su modelo para configurar al gobierno sea respetado al pie de la letra por todos aquellos que dicen haberlo adoptado, ¿Cuán democráticos pueden ser dos países que no aceptan más que un partido en el poder, y cuando sí, amañan las elecciones para que el régimen no pierda más que un espacio marginal? Aseguran que la demos kratos es el poder de la gente; que sólo le corresponde a la población local el determinar si su país es o no una democracia. Pero cuando las voces disidentes reclaman reforma y apertura, no tardan mucho en encontrarse con que el régimen tiene toda una maquinaria hecha para silenciar a los quejosos, y más de uno decide callarse porque aprecia la vida. ¿Vives en una democracia? Sí, sí.   

Dicen que los otros estados deberían dejar de usar a la democracia y a los derechos humanos como pretextos para presionar a otros países, y que la comunidad internacional entera debería aprender a respetar la diversidad de civilizaciones y culturas. Para estas naciones el manejo libre de los asuntos internos es mandato divino, ha debe ser independiente y autónomo, sin la más pequeña injerencia extranjera.  Ello no es sorpresa, ¿Qué Estado quiere pedirles permiso a otros para resolver sus propios problemas? Tampoco asombra que defiendan la autonomía para ser libres de cometer atrocidades como el genocidio uigur y la represión de Hong Kong, o la anexión de Crimea y el encarcelamiento de rivales políticos y activistas. No podría ser de otra forma, pues si la comunidad internacional tuviera voto sobre estos actos, otra historia sería.

Dicen que respetan cabalmente el principio de que la búsqueda de la seguridad nacional no puede ser a costa de la seguridad de otras naciones. Ello sí resulta sorprendente, pues China y Rusia han demostrado con sus acciones que sus intereses geopolíticos han de ser perseguidos, aunque no se alineen con los de sus naciones vecinas y sus rivales. Taiwán sólo quiere ser un país libre, tal y como lo ha sido después de más de 20 años de democracia y más de 70 de historia. Pero China ve a Taiwán tanto como un asunto de seguridad como de orgullo nacional; no importa que la isla se haya convertido en una pujante potencia exportadora y en un referente democrático en la región, la isla es una provincia rebelde que ha de ser regresada al seno de la madre patria a cualquier costo, le guste o no. Georgia y Ucrania, por su lado, son dos países que miran a la Unión Europea y a la OTAN con anhelo, pues no desean estar más bajo influencia rusa y consideran que sus intereses están mejor representados en occidente que en oriente. Para Rusia, sus vecinos son – lo quieran o no – parte fundamental de su estrategia de seguridad y no puede permitirles que dejen a occidente ponerles siquiera un pie encima. Ya les ha demostrado a ambas naciones que no les tiene respeto ni miedo, pues les ha ocupado y anexado territorio, y, sin embargo, muy poco le ha costado a Moscú afirmar que la mentalidad de Guerra Fría la tienen Washington y Bruselas, y no al revés.

Dicho todo esto, es necesario destacar que mucho se han quejado Xi Jinping y Vladimir Putin sobre la hipocresía de las potencias occidentales en su manejo de los asuntos internacionales. Lastimosamente tienen razón; occidente tiene una generosa dosis de contradicciones en su política exterior, particularmente ácida durante el siglo pasado. Ninguna de las tres potencias occidentales históricas (Estados Unidos, Francia, y Gran Bretaña) son los campeones de la democracia, los derechos humanos y la autodeterminación que dicen ser. La primera tiene un largo historial de intervencionismo político, militar y económico en todo el mundo, y las dos siguientes tienen un oscuro pasado colonial lleno de atropellos que no debe ser olvidado ni perdonado. China y Rusia expresan reclamaciones válidas en el documento, dignas de ser sometidas a consideración. Por sólo nombrar algunas de ellas, reclaman: la búsqueda activa de occidente por llenar de misiles las áreas circundantes, el hábito de aplicar sanciones unilaterales comerciales – cuando quienes las sufren son principalmente los civiles – y la aplicación extraterritorial de jurisdicción. Ha de quedar claro que las potencias occidentales son tan asiduas a la realpolitik como las orientales; que no son inocentes ni están libres de culpa y pecado, aunque muchas veces nuestros gobiernos y medios nos lo planteen así. Debemos de hacer un ejercicio activo para evitar ese dañino patrón de pensamiento “blanco y negro”, sobre todo en el hemisferio occidental, pues tenemos una marcada tendencia a creer todo lo malo que nos dicen los medios sobre el otro lado y a no buscar lo que no se dice de este lado. Sin embargo, con todas las previsiones, y dicho todo esto, aún prefiero estar del lado donde el ser opositor político no es un crimen penado con la desaparición; donde los escándalos del gobierno se comentan y a veces se castigan; donde a uno no lo matan ni le roban sus órganos por practicar cierta religión; donde el internet puede ser utilizado libremente; donde la propaganda genera repulsión; donde el ser homosexual no es pecado ni delito; donde la censura es más la excepción que la norma. Así sea tan sólo por un desdén hacia los extremos en un mundo de relativos, prefiero estar de este lado y no del de los déspotas del Totalicon 2022.  

Presidente de Rusia. (2022, Febrero 4). Joint Statement of the Russian Federation and the People’s Republic of China on the International Relations Entering a New Era and the Global Sustainable Development [Comunicado de Prensa]. http://en.kremlin.ru/supplement/5770

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