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DIPLOMACIA: ENTRE COVID Y ÓMICRON, CATACLISMOS Y ELECCIONES

Por: JOSÉ JOAQUÍN GORI CABRERA Diplomático (R) Colombia Docente CIBEI

Los medios han comentado con sarcasmo y alguna indignación las novedades en la diplomacia colombiana. El nombramiento de un «outsider» – como se dice ahora- , en el ramo de la diplomacia, como Director General del Protocolo de la Cancillería, y los anuncios de sendos nombramientos adicionales para personas ajenas al servicio en las dependencias encargadas de cuestiones de derechos humanos y asuntos culturales, suscitaron un respetuoso pero sentido comunicado de la Asociación Diplomática y Consular y del poderoso sindicato de empleados de la Cancillería, SEMREX. Los aspirantes a ingresar a la carrera diplomática se manifiestan sorprendidos de que la Academia Diplomática, que a la diplomacia lo que la escuela militar a la milicia se encuentra también a cargo de alguien ajeno a la propia carrera. En El Espectador del 30 de enero la versada periodista María Alejandra Medina, cuyas columnas siempre son ilustrativas, se refiere al impacto negativo que generan las recientes designaciones. Para su escrito consultó opiniones privadas de personeros del servicio diplomático. Sea cual fuere el grado de descontento o desilusión, lo cierto es que el espíritu de servicio, el celo por la profesión y el tradicionalismo que exige la representación internacional del país quedan siempre abatidos cuando el desgobierno y la corruptela se perciben directamente. La naturaleza humana es así. Se van décadas en preparar un elenco de funcionarios entrenados para servir al país y no para servirse del país; y basta con algunas medidas de abuso del poder para que todo se desmorone, para que se deshaga la unidad, para que se desate una lucha por la supervivencia entre quienes se aferran a sus principios y quienes deciden que el principio es no tener principios.  Con toda seguridad la culta periodista debió notar el fenómeno al preparar su columna.

Es una diplomacia del oxímoron. Se forma una escuela de diplomáticos y una nómina paralela de recostados y se los envía al exterior para que lo que hacen unos con la mano lo borren los otros con el codo. Quienes debían ser cabos cumplen funciones de generales; y los generales son nominalmente cabos pero tienen que pagarles como generales.

En estos días se anunció que ante el Reino Unido se enviará como embajador a un empresario, que remplaza a otro empresario,  coincidiendo todo con el «Jubileo de Platino» de la reina Isabel II. En plena celebración no parece muy apropiado que nuestro país se haga representar ante la Corte de Saint James por un experto en detergentes y químicos que probablemente no alcance ni a presentar Credenciales. Los británicos tienen una diplomacia que es cien por ciento profesional, desde los cuadros más bajos hasta la cúspide. Con Colombia siempre han sido extraordinariamente afectuosos. En los albores de la independencia Bolívar encontró de inmediato simpatía y cooperación para su causa. En fechas recientes le brindaron un decidido apoyo al presidente Santos para su proceso con las FARC, y lo homenajearon ante el mundo entero con un solemne banquete de Estado, una distinción reservada a muy pocos dignatarios extranjeros. Sin embargo, Colombia jamás les ha enviado un diplomático de carrera como jefe de misión y nuestra legación en Londres no es más que uno de los abrevaderos de lujo que se ofrece a los compadres.  Con su flema característica, los británicos lo dicen todo con un gesto, enarcando una ceja cada vez que afloran estas exuberancias tropicales.

En orden similar de ideas, llama la atención que mientras S.M. el rey Felipe VI de España y S.E la vicepresidente de los Estados Unidos, Kamala Harris,  se aparecían a la asunción de la presidenta de Honduras, Xiomara Castro, brillaba por su ausencia alguna personalidad colombiana.

Un director de protocolo no es responsable de estas situaciones, pero si puede ayudar a que no se produzcan.

En épocas tan difíciles como las actuales, con el mundo al borde de que se desate un conflicto de proporciones apocalípticas, es doloroso que a diario nos enteremos de la rapiña de la cosa pública, con nuevos contratos, incremento de nóminas y nombramientos en contravía de todos los principios del interés público. El director general del protocolo de la Cancillería de San Carlos tiene que ser, necesaria y esencialmente, una persona de la casa, un funcionario de trayectoria, rango y experiencia para tratar con embajadores extranjeros, para asegurarse de que en el exterior todo el ceremonial conduzca a que las gestiones de los dignatarios de Estado puedan fluir sin contratiempos; de asegurarse de que la majestuosidad del Estado siempre quede en alto, que en la arena internacional el país brille por su elegancia y decoro. La historia nos brinda ejemplos contundentes  de  la importancia de mantener a un alto funcionario de la casa a cargo de todo lo atinente a ceremonial, etiqueta y protocolo.  

Aún en los peores momentos del ataque nazi a la humanidad, el nefasto ministro de relaciones del Reich, Ribbentrop, quien le hacía de caja de resonancia a Hitler para plantearle a los gobiernos extranjeros las más desabridas y agresivas exigencias, siempre  en forma de ultimátum, nunca pudo prescindir del elenco de funcionarios profesionales del ministerio de RR. EE., Auswaertiges Amt. Al némesis de Hitler, Mr. Churchill,  le fastidiaba cierta actitud vacilante y retrechera de sus funcionarios del Foreign Office; pero jamás subestimó sus consejos y siempre se sometió al entramado de la etiqueta de Palacio. Con gracia y algunas excentricidades bien oportunas, siempre encajadas,  se plegaba asimismo al meticuloso ceremonial internacional en sus viajes a reunirse con los líderes del mundo que se enfrentaban al demoníaco Hitler.

De no haber sido por el rigor de los profesionales de la etiqueta es casi seguro que los encuentros de Hitler y sus esbirros con dirigentes extranjeros hubieran terminado en trompadas, al igual que las  cumbres del hosco Stalin con los Aliados. Churchill, si hubiera podido, hasta le habría cascado de De Gaulle, a quién también le tenían ganas Eisenhower y Montgomery. Los grandes generales de los Aliados, Patton y MacArthur, eran idolatrados y detestados casi que en igual medida. Fue una colosal labor de protocolo la que encarriló todas las antipatías y egos hacia un fin común. La tarea la cumplían funcionarios invisibles, evanescentes, que cumplían como el viento con las velas de los navegantes. Sólo se nota su importancia cuando no aparecen. Esa habilidad no es innata, se cultiva en el diario trajín de la diplomacia. No se nace parrillero ni chef de cocina, tampoco maître o director de orquesta. Son amalgama de arte y oficio que sólo forma la experiencia. Un director de protocolo tiene que poseer una ensalada de habilidades, tiene que ser ubicuo y versátil;  y su disposición debe ser multitareas. Al igual que un árbitro de boxeo, tiene que ser casi que imperceptible; pero al tiempo debe poseer condiciones de eficiente organizador, de discreto observador; rápido para actuar, imaginativo al buscar soluciones impensadas; algo de chef, bon vivant y sibarita, mucho de gran maître; y memoria de político para recordar cargos, nombres y circunstancias particulares de cada personaje del circo internacional.

El señor Jorge Rafael Vélez Gómez, ex contratista y candidato a flamante director general del protocolo, puede estar adornado de las más extraordinarias calidades personales. Pero esa no es la cuestión. Es la institucionalidad la que se demerita. Sin querer queriendo, a lo Chapulín, se ofende al  estamento diplomático, al que se ha preparado para esas lides. Pues, reitero, el referee de la etiqueta del Estado, el Gran Chambelán y Maestro de Ceremonias, debe ser nativo, de la institución, colega y par de los altos funcionarios de la Cancillería y con una trayectoria y rango profesional que le permita tratarse con embajadores propios y extranjeros, con dignatarios nacionales y extranjeros y personalidades internacionales de todo orden. Ese bagaje es el que le facilita navegar en el mundo internacional como una especie de guardián de la bahía, para que nuestros dirigentes no cometan tanto error, tanto faux pas, para usar el término diplomático. Como diría Cantinflas, aunque tenga cara de baboso, ¡es la autoridad!.

Para remachar, han anunciado otros nombramientos que golpean por los flancos a la institucionalidad del ministerio de RR.EE. La dependencia  que se ocupa del manejo de las relaciones culturales, y por ende donde se contratan artistas, deciden ayudas, proyectan exposiciones y eventos culturales,  se va a depositar en las manos de un delegatario de la voracidad oficial. Y otro tanto se hará con los responsables de todas las tareas y políticas relacionadas con los derechos humanos, un tema crucial que nos tiene en la vitrina ante los ojos del mundo entero. A esa posición aspira una joven que dice tener 26 años de experiencia, ¡la Shirley Temple colombiana!, porque según parece destilar de su curriculum, empezó a los 10 años…

Durante años nuestra peculiar democracia se caracterizó porque los gobiernos utilizaban poderes excepcionales del estado de sitio, pero a la salida lo levantaban para entregar la casa en aparente orden. Del mismo modo, los primeros años los dedicaban a regalar canonjías diplomáticas, pero a la salida intentaban no dejarle al gobierno entrante todos los clavos, procurando imprimirle alguna seriedad y profesionalismo a la representación en el exterior.  Al menos esa tradición de mover los cuadros del servicio exterior en interés del país durante el último tramo debería respetarse. Se trata de cumplir  una obligación constitucional, vale agregar. No es un asunto de respetarle mejor derecho a unos sobre otros. Es la imagen y los intereses nacionales lo que se juega.

El jurista Ramiro Bejarano en su columna dominical de El Espectador denuncia que en ciertos contratos están pretendiendo incluir una cláusula que ya se conoce como «cláusula Petro», en la que exigen como condición para ejecutar el contrato que Petro no llegue a la presidencia; o, como evento para rescindirlo, que llegue. Como bien lo dice el autor, tal tipo de imposiciones pueden ser totalmente ilícitas, mal avenidas en derecho, desorbitadas. Los magistrados muy seguramente las verían como abusivas, y por tanto nulas y sin valor.  Sin embargo, dependiendo de la causa, podrían tener alguna lógica y ser normales. Si, por ejemplo, una empresa de imagen contrata con los aspirantes presidenciales Gutiérrez, Fajardo o Gaviria, la asesoría en materia de imagen, ya sea por jeans pandilleros, look relax,  arreglo de cejas, corte de pelo megaplay, despeluque chiquimiqui y demás, pues no tendría nada de raro que se pacte una prima de éxito si le ganan a Petro… o a Ingrid, ya entrados en gastos. O, a la inversa,  una cláusula de terminación del contrato para el evento de que triunfen Petro o Ingrid,  o cualquier otro adversario… por supuesto que Vargas Lleras incluido. En el caso del servicio diplomático la oportunidad la pintan calva para mejorar el léxico. Me parece que deberíamos llamar «cláusula diplomática tipo Petro» el entendido inapelable de que la «provisionalidad» de los nombramientos diplomáticos, artilugio al que se acude para designar recomendados por fuera de las normas de carrera diplomática, cesa automáticamente, ipso facto, sin necesidad de norma expresa, tan pronto sea elegido un candidato que no sea del mismo partido que el gobernante que hizo tales nombramientos. Y si es del mismo partido, requerirá confirmación de su «provisionalidad» por el incumbente. Esta modalidad podría denominarse cláusula Petrancourt.

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