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Cuando faltan escasos días para que suene el pitazo inicial del Mundial de Fútbol en Brasil, todos los ojos del mundo recaen sobre el país más futbolero del planeta. Ese deporte que sus habitantes sienten tan fervientemente como una religión, se ha convertido en una extraña paradoja desde el mismo momento en que la FIFA le anunció que iba a ser el organizador del torneo.

Ser el anfitrión de un Mundial de Fútbol es una tarea titánica que requiere una altísima inversión por parte del gobierno y de la empresa privada, un binomio que desembolsa millones y millones de dólares para poder cumplir eficientemente con la realización del evento. El gobierno brasileño destinó inicialmente 6.000 millones de dólares para realizar las obras necesarias para el evento como la remodelación y construcción de estadios, aeropuertos, medios de transporte y telecomunicaciones en las 12 sedes que albergarán juegos mundialistas.

Sin embargo la expectativa dista mucho de la realidad. El presupuesto invertido hasta la fecha supera los 11.700 millones de dólares, el 83% del total salió de las arcas públicas, el 17% restante proviene de aportes privados. Cifras impresentables para un país que a pesar de dar importantes pasos en la lucha contra la desigualdad, aun contaba en el año 2012 con 22 millones de personas en la pobreza extrema.

La apatía y el escepticismo que han mostrado los brasileños hacia el Mundial, tiene sustento en la corrupción que ha desencadenado la danza de los millones. Los vínculos entre las empresas constructoras y los políticos son cada vez más evidentes, la sobrefacturación y los atrasos en las obras no tienen responsables a la vista. Las millonarias inversiones realizadas tienen muy pocos beneficiados.

Es probable que en otros tiempos, todos estos eventos pasaran desapercibidos para los ciudadanos, sin embargo los avances en el campo social y económico por los que ha atravesado el gigante sudamericano en los años recientes, permitieron la consolidación de una creciente clase media que tiene formación académica y acceso a los medios de comunicación. Sin duda es la base que ha sustentado el movimiento espontáneo de indignados que se encuentran en desacuerdo con el alto gasto que ha conllevado el Mundial, en contraste con las necesidades que todavía tiene Brasil en salud, educación y vivienda.

Las protestas y manifestaciones que se han regado por todo el país tienen su razón de ser en que a partir del 12 de junio el país organizador será el epicentro del mundo, la prensa internacional servirá de eco para hacer sentir ese inconformismo.

Esta es la dicotomía por la que atraviesa Brasil, por un lado existe el rechazo de la gente a la mala gestión gubernamental tras la decepción por la bonanza en infraestructura y los beneficios que traería el evento. Por el otro florece el orgullo y el entusiasmo de acoger la Copa del Mundo, un verdadero culto para los brasileños y para todos los amantes del fútbol.

Por: Diego Pinilla. Internacionalista UJTL.

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