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El silencio de los inocentes

Por: José Joaquín Gori

Los colombianos somos diletantes, expertos en evadir la realidad y en acometer tareas anodinas, no finalizando nunca las que se inician. No hay desde la independencia obra alguna hecha con seriedad y constancia. Lo perdurable no es un concepto que cale en nuestra idiosincrasia. Tenemos una notable tendencia a lo contradictorio, una fascinación por un mundo extraño y surrealista, como el de Subuso. Las cárceles no son cárceles, los delincuentes no son delincuentes, las leyes no son normas … nada se llama como se debe llamar.  Hemos refutado a Aristóteles: la esencia de una cosa  ya no es aquello sin lo cual una cosa es otra cosa. Bajo la Colombia moderna ninguna cosa tiene esencia y las cosas siempre son otras. Así, la cárcel es domicilio; la multa, comparendo;  la boleta de captura,  orden de aseguramiento; la ley antitrámites, ensalada de trámites. En nuestra patria kafkiana lo permanente no tiene permanencia y lo provisional es eterno.

 Ahora vivimos ilusamente el devenir del post conflicto cuando lo cierto es que la vida diaria es un permanente e insuperable conflicto.  La inseguridad en todos los órdenes es apocalíptica; el desorden  y confusión en los estamentos sociales, cataclísmico; la corrupción de todo el poder público, de magnitud sideral. Pero cual Mandrake el Mago, con un simple gesto el señor Presidente y sus áulicos transforman el país y de súbito nos  cubre una aurora de paz sublime, inmarcesible y gloriosa, como en el himno.

 Ha transcendido al mundo entero que los colombianos vamos a votar abrumadoramente por un plebiscito por la paz. Ese es el embeleco con el que con absoluta inverecundia están aprovechando esa irresistible tentación nacional de ver las cosas como las queremos ver y no como son; de inventarnos soluciones obtusas para problemas grandiosos.

La verdad monda y lironda es que no vamos a votar SI o NO por la paz, ni por nada que se le aproxime. El esperpento que se pretende legitimar con este atropello a la Constitución y a la decencia es un sancocho inmoral, que ni a mentes psicóticas como la de Hitler se le ocurriría. El engendro significa que se está aprobando un acuerdo nodriza con su prole de hijitos de naturaleza desconocida;  y que simultáneamente cobra vida un Frankestein disfrazado de legalidad. El Presidente asume facultades extraordinarias para dictar leyes, y se establece una farsa de procedimiento para que además pueda modificar a troche y moche la Carta en forma expedita, mientras el Legislativo y el Judicial quedan reducidos a un ridículo papel notarial. El Congreso no puede modificar nada, su función no es más que la de alcahueta, una Celestina cualquiera. Y la Corte Constitucional pierde su función de guardián e intérprete de la Carta y queda reducida a una labor de escribanía, consistente en controlar la forma de los decretos imperiales dictados al acomodo de los criminales redimidos.

Curioso proceso de paz: de inicio a fin se ha formado con  una sarta de mentiras y mangualas. Y lo más triste, al igual que ha ocurrido en las épocas más oscuras de la historia, la circunstancia es que así como hace unos años la gente cerraba los ojos para no ver las atrocidades en épocas del Caguán, o de La Catedral, o de Ralito; ahora los cierra con más fuerza y se impermeabiliza y sanforiza contra toda advertencia con tal fuerza que por lamentable paradoja los enemigos del pueblo terminan siendo los que se apartan de la manada, no los que la llevan al matadero.

Quisiera formular esta pregunta retórica: si, como reza la propaganda con que nos están sepultando, vamos a votar SI o NO por la paz, ¿por qué no damos aprobado el plebiscito por aclamación popular? Nos ahorraríamos billones del presupuesto nacional.

Pues, que yo sepa, todos, toditos,  sin excepción alguna, queremos la paz, aprobamos la paz, amamos la paz, vitoreamos la paz.

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