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Por: Andrea del Pilar Naranjo

La reciente conferencia que tuvo como escenario a París, que convocó un histórico de presidentes en torno a un objetivo común: la mitigación del cambio climático acelerado del último siglo, es tan solo una clara demostración de la compleja ruptura ambiental y la necesaria intervención de los habitantes del planeta para frenar algo que según muchos analistas no tiene retroceso, el presagio de un período de alteraciones ambientales que tiene como uno de sus efectos la extinción del ser humano.

De Río de Janeiro a París.
En el marco de las negociaciones y especialmente producto de acuerdos previos surgidos de los paneles intergubernamentales de expertos, se aprobó el Acuerdo de París, un documento que pretende complementar el acordado en la cumbre de Rio de 1992, conocido como el primer documento que estableció deberes y responsabilidades de los Estados y convocó a la suscripción de cuatro instrumentos de gran significancia para el derecho al medio ambiente y la tutela ambiental: la Convención sobre diversidad Biológica, la Declaración de Principios sobre conservación de los Bosques, el Convenio Marco sobre Cambio Climático (CMNUCC) y el plan de acción Agenda 21.

El texto de París, está inundado de promesas pero adolece de efectivas responsabilidades que se traducen en cronogramas objetivos, un aparato sancionatorio supranacional y un cuerpo institucional vigoroso para la verificación de su cumplimiento. No obstante constituye un avance indispensable a la hora de abordar las nuevas realidades que hemos creado sobre la lógica del extractivismo, el desarrollo descontrolado y la falsa identificación de la industrialización con el progreso.

Entre los puntos centrales del acuerdo se contempla la necesidad de frenar el calentamiento global producido por el desarrollo industrial, hasta un máximo de 2 grados centígrados, en relación con la temperatura de la era preindustrial (finales del siglo XIX) buscando su mantenimiento promedio debajo de 1.5 grados en los próximos 50 años, es decir menos de la mitad de lo que ya hemos alcanzado actualmente: 0.82 grados centígrados.1

Obligación que en suma se traduce no solo en la reducción de emisiones de gas invernadero, sino en la limitación y eliminación progresiva de fuentes fósiles de energía: Gas, Petróleo y Carbón y su reemplazo por otras “renovables y más limpias” como la eólica, la solar e inclusive la nuclear.

Así mismo, junto con la propuesta de contribuciones voluntarias, sostenidas y permanentes, se crea a partir del 2020 un fondo de 100.000 millones anuales, nutrido especialmente por los Estados más desarrollados para la adaptación y mitigación de efectos en aquellos países menos desarrollados que en suma son los que más perciben los desastres de las alteraciones ambientales y la desaparición de ecosistemas especialmente en regiones costeras; cifra que parece irrisoria al contraponerse a la altísima inversión destinada por entes privados para prospecciones de proyectos petrolíferos únicamente para la localización y explotación de pozos con técnicas como la fragmentación hidráulica: 330.000 millones de dólares entre los años 2006 y 2014.2

Límites del calentamiento y límites del crecimiento:
La indicación de frenar la dependencia de la producción industrial y los riesgos del excesivo consumismo derivado de la multiplicación geométrica de la población, fueron catalogados en su momento como desvarío, no obstante, el preludio del desastre había sido vaticinado desde hace cuarenta años por el club de Roma3 y tan solo ahora empieza comprenderse como una predicción correcta.

Así, a pesar de la unanimidad retórica y la profusión de buenas intenciones lograda en París, los pocos avances logrados en el terreno de la diplomacia climática, palidecen ante la verdadera actitud de los Estados que continúan: desarrollando sus programas de incentivo a la explotación carbonífera, petrolera y de gas; aumentando los proyectos prospectivos en regiones costeras como en el Caso Español en aguas profundas de Canarias, Andalucía, Baleares, Cataluña y Valencia; permitiendo la exploración en zonas protegidas del Ártico Ruso y Americano y como en Colombia flexibilizando aún más, la ya laxa normativa para la inversión extranjera en el sector minero- energético.4

NOTAS
1. Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). Estados Unidos. Informe trimestral. marzo 2015.
2. David Einhorn. La visión de un inversionista Análisis Financiero Del Fracking. Carlos Goedder. Portal Inteligencia petrolera. Julio 18 de 2015. Documento disponible en http://inteligenciapetrolera.com.co/inicio/la-vision-de-un-inversionista-analisis-financiero-del-fracking-por-carlos-goedder/.
3. Meadows Donella, Meadows Dennis, Randers Jorgen, y Behrens William III, Growth. Los Limites del Crecimiento. Nueva York. 1972.
4. Gobierno remodela política petrolera para atraer inversión. Portafolio. Titular en prensa Septiembre 29 de 2015.

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